CAPÍTULO 6: LA PRIMERA JUGADA

El eco de la llamada cortada de golpe seguía sonando dentro de mi cabeza como una campana aguda y desagradable. Tenía el celular apretado con tanta fuerza entre los dedos que los nudillos estaban blancos como la porcelana, y sin embargo, por dentro no sentía ni una pizca del miedo que Camila Torres seguramente esperaba provocarme. No sentía temblor, ni ganas de llorar, ni ese nudo en la garganta que me atormentó durante los primeros meses después del altar. Solo sentía frío. Frío puro, calculador y tranquilo, el mismo frío que me enseñó el dolor a usar como armadura durante cuatro años de reconstrucción diaria.

Ella había dicho: aquí siempre vas a ser la niña que dejaron plantada. Se equivocaba de forma monumental. Esa niña murió el mismo día en que la espalda de Alejandro desapareció por la puerta de madera de la catedral. Quien ahora viajaba en la parte trasera de aquel auto con vidrios polarizados, con traje impecable, mente despierta y un imperio propio bajo su mando, ya no era nadie víctima. Ahora yo era quien ponía las reglas. Y ella acababa de firmar con su propia voz la sentencia de su propia caída.

Desbloqueé el celular otra vez, marqué el número que Dante Vásquez me había entregado apenas media hora atrás, y atendió al primer timbrazo, como si hubiera estado esperando la llamada.

—Ya sé —dijo antes de que yo pudiera hablar, con esa voz grave y ronca que parecía vibrar directo en el pecho—. Tenemos vigilados todos sus movimientos y comunicaciones desde hace años. Hizo la llamada desde una línea encriptada, pero no fue suficiente. Escuché todo.

—Entonces ya sabe —respondí con total calma, recostándome en el asiento de cuero y mirando cómo la ciudad pasaba rauda tras los cristales—. Ella me ha declarado la guerra abiertamente.

—Ella cree que te está declarando la guerra a ti —corrigió él despacio, y escuché el sonido leve de una sonrisa amarga al otro lado de la línea—. No entiende todavía que lo único que hizo fue darte la razón definitiva para no tener piedad ninguna. Estoy bajando a la recepción de tu edificio en quince minutos. Traigo todo lo que tenemos sobre sus finanzas, sus contactos y cada movimiento que ha hecho desde que regresó al país. Nadie te amenaza impunemente, Valeria. Ni siquiera ella.

Cortó sin despedidas innecesarias. Esa era una de las cosas que más me llamaban la atención de Dante Vásquez: no hablaba de más, no prometía cosas bonitas, no adornaba las frases. Simplemente actuaba. Era un hombre hecho de silencios, cicatrices y hechos, igual que yo. Y por primera vez en toda mi vida, sentí que al lado de alguien no tenía que estar siempre a la defensiva, ni fingir ser más fuerte de lo que era. Él ya había visto lo peor. Y aun así, se había quedado.

Mientras tanto, a veinte kilómetros de distancia, en la mansión de los Ruiz, una escena muy distinta se estaba desarrollando en el salón principal de techos altos y muebles antiguos que alguna vez soñé que sería mi casa. Alejandro Ruiz caminaba de un lado a otro sin poder quedarse quieto, el cabello castaño desaliñado de pasarle la mano tantas veces, la camisa blanca arrugada, los ojos verdes opacos, cansados, huecos, como si no durmiera bien desde hacía cuatro años. Frente a él, de pie junto a la gran chimenea de mármol, Camila cruzaba los brazos sobre el pecho con esa misma calma helada y triunfante que siempre la definió.

—¿Estás loca de verdad? —le gritó él por fin, deteniéndose de golpe, la voz rota por la rabia contenida que le comía por dentro día y noche—. ¿La llamaste? ¿Te atreviste a buscarla después de todo lo que ya le hicimos? ¡Ella no tiene nada que ver con esto, Camila! ¡Déjala en paz de una maldita vez!

Ella soltó una risa corta, aguda, fría, que heló la sangre en las venas de cualquiera que la escuchara. Dio un paso lento hacia él, acarició con una uña roja y afilada la solapa del saco que él apartó de inmediato con brusquedad.

—No tiene nada que ver, dices —susurró ella, inclinando la cabeza con falsa inocencia—. Pero cada noche cuando duermes, murmuras su nombre. Cada vez que sale una noticia de Montalvo Estudio en las redes o en los periódicos, te pones pálido y te quedas mirando la pantalla media hora sin respirar. Me casaste por obligación, por miedo, por chantaje… pero tu corazón, Alejandro, nunca dejó de ser de ella. Y eso, eso es algo que yo no puedo permitir. Si no puedo tenerlo todo tuyo por completo, entonces me aseguraré de que ella nunca pueda tener nada de lo que es mío. Ni siquiera el recuerdo.

Sacó de su bolso el sobre de cartulina negra donde guardaba el documento que lo tenía atado de pies y manos, lo agitó frente a su nariz y su mirada se volvió de repente oscura, peligrosa, verdaderamente malvada.

—Recuerda muy bien de quién depende tu libertad y la de tu padre. Sigue jugando limpio conmigo, obedece, y nada malo pasará. Pero si vuelves a defenderla una sola vez más… mañana mismo todo el mundo sabe la verdad. Y todo lo que su familia ha construido en tres generaciones, se acaba en un instante.

Salió de la habitación taconeando fuerte, dejándolo solo, derrumbado en el borde de un sillón de cuero oscuro, con las manos enterradas en el cabello y sollozos secos y rotos que ya ni siquiera salían bien del pecho. Sacó del bolsillo interno del pantalón una fotografía pequeña, doblada mil veces, desgastada por el roce diario: éramos los dos, mucho más jóvenes, riendo bajo un árbol, antes de las mentiras, antes de la muerte, antes de que todo se rompiera irremediablemente. La acarició con el dedo pulgar muy suavemente, como si fuera de cristal.

—Perdóname, Valeria —murmuró al vacío, con la voz hecha añicos—. Perdóname por ser tan cobarde. Por no tener el valor de enfrentar todo y quedarme contigo. Ojalá supieras que cada día que paso lejos de ti, es un infierno que me merezco con creces.

Yo no podía escuchar sus palabras en ese momento, pero de alguna forma, cuando Dante entró a la sala de juntas de mi oficina con carpetas gruesas bajo el brazo y la mirada intensa y oscura, sentí en el alma que aquello que nos ató a los tres desde hacía años, no se iba a detener hasta que todo saliera a la luz. Pasamos casi tres horas revisando documentos, gráficos, nombres, fechas, conexiones ocultas que ni siquiera yo me imaginaba. Él me explicó cómo Camila movía el dinero, cómo amenazaba, cómo destruía carreras y reputaciones sin mover un dedo, siempre desde las sombras, siempre con manos limpias a la vista de todos.

Estábamos sentados uno frente al otro sobre la mesa de madera oscura, muy cerca el uno del otro, tanto que podía oler su perfume: madera seca, mar y algo limpio, masculino, inconfundible. En un momento levantó la vista y nuestros ojos se chocaron de lleno, y por unos segundos nadie dijo nada. El aire se volvió denso, cargado de electricidad estática, de preguntas sin hacer, de una atracción que ambos habíamos estado ignorando con disciplina férrea, pero que cada vez costaba más ocultar. Su mirada bajó muy rápido a mis labios y volvió a mis ojos de inmediato, como si se hubiera reprendido a sí mismo. Se aclaró la garganta y cambió de tema con naturalidad forzada.

—Los Ruiz te enviaron hoy la propuesta formal de contrato —dijo, pasándome el sobre con el escudo dorado del apellido impreso en relieve—. Quieren que reestructures toda su imagen corporativa, que limpies su nombre después de todas las pérdidas y escándalos de los últimos años. Están dispuestos a pagar lo que sea.

Lo tomé entre mis dedos, lo sentí pesado, cargado de historia y dolor. Abrí el sobre, leí las cláusulas rápidamente, y luego lo cerré de golpe con una sonrisa fría dibujada en los labios.

—Acepto —dije sencillamente.

Dante frunció el ceño con sorpresa genuina.

—¿Aceptas? Sabes perfectamente que lo que quieren es usar tu prestigio para lavar su reputación. Quieren que la gente olvide lo que te hicieron.

—Claro que lo sé —respondí, y me incliné hacia adelante apoyando los codos sobre la mesa, con los ojos brillantes de determinación—. Por eso acepto. Pero no bajo sus condiciones. Bajo las mías.

Le dicté en voz alta las cláusulas que redactaría al día siguiente: pagarían el triple del valor habitual del servicio, todo por adelantado, sin posibilidad de reembolso; yo decidiría cada paso, cada mensaje, cada movimiento, sin que nadie opinara ni cuestionara nada; y como condición indispensable e innegociable, la primera reunión de trabajo sería en mis instalaciones, y estarían obligados a asistir los tres: Don Armando, Camila Torres y el propio Alejandro Ruiz. Todos de pie frente a mí, escuchando mis indicaciones, sin privilegios, sin excusas.

—Van a tragarse cada palabra de humillación que me hicieron tragar aquel día —terminé de decir, con la voz firme como el acero—. Van a pensar que me contratan para salvarlos… y solo cuando sea demasiado tarde para retroceder, entenderán que en realidad los contraté yo a ellos, para ser el escenario perfecto de mi venganza.

Dante sonrió entonces de verdad, una sonrisa amplia, brillante, peligrosa y preciosa a la vez, que iluminó todo su rostro y suavizó por un instante la dureza de la cicatriz blanca en su mandíbula. Extendió la mano por encima de la mesa y la apreté con fuerza.

—Esa es la mujer que vi en la puerta de la iglesia —dijo bajito—. La que nadie podrá vencer jamás.

Se quedó un instante más, de pie junto a la puerta antes de irse, y volvió a mirarme largo rato, como si quisiera grabarse mi imagen en la memoria.

—Mañana por la madrugada enviaremos la respuesta oficial —me avisó—. Prepárate. Porque cuando lean esas condiciones, el infierno se va a desatar en la mansión Ruiz. Y Camila va a entender por fin, que nunca fue ella quien tuvo el control. Fuiste tú, todo este tiempo.

Salió y el silencio volvió a llenar la oficina, pero ya no era un silencio pesado ni solitario. Era el silencio de la calma antes de la tormenta que yo misma había decidido provocar. Me levanté y caminé hasta la gran ventanal que daba a toda la ciudad iluminada de noche, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.

Justo en ese momento el celular vibró dos veces seguidas sobre el escritorio.

Primero entró un mensaje de número totalmente desconocido, sin nombre ni foto. Adjuntaba una fotografía recién tomada: Alejandro de espaldas frente a la ventana de su habitación, con la cabeza gacha y en la mano aquella misma foto nuestra de años atrás. Debajo, solo una frase corta, temblorosa y desgarrada:

Nunca dejé de buscar la forma de pedirte perdón. Ni un solo día.

El corazón me dio un vuelco fuerte y doloroso en el pecho, antes de que pudiera reaccionar o pensar qué significaba, llegó la segunda alerta, esta vez desde el sistema de seguridad informática de la empresa, en rojo brillante y letras mayúsculas:

ACCESO NO AUTORIZADO DETECTADO. HAN INGRESADO A NUESTROS SERVIDORES PRINCIPALES. ORIGEN: GRUPO EMPRESARIAL RUIZ.

Me quedé inmóvil mirando la pantalla brillar en la oscuridad de la habitación. Sonreí lenta y fríamente, apretando los puños con fuerza renovada.

Camila había dicho que quería guerra.

Pues guerra tendría. Pero esta vez, yo escribiría cada una de sus reglas. Y ella no tenía ni la menor idea de lo que acababa de desatar.

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